Lectura en voz alta del Poema I del Hondero Entusiasta (Pablo Neruda).
Música: Piano Conerto No. 2 in F Op. 102: II. Andante - Dimitri Shostakovich
De redes sociales y ficticios retiros indefinidos.
“Retirarse indefinidamente en sí mismo, como Dios tras el sexto día. Imitémosle al menos en eso”.-Emil Cioran
La necesidad de comunicación. Avasalladora, totalitaria. La necesidad de ser querido, requerido, deseado, evocado, como si eso confirmara de algún modo nuestra existencia. Como si no se tratara de una serie de maravillosas casualidades y delicados equilibrios que nos advierten, con su naturaleza, la fragilidad. Qué más da. Siempre estamos solos. Dichoso quien no ha incorporado a su vida esa certeza. A veces, es cierto, estamos cerca de los otros, buscando una especie de calor que nos reconforte. Si me preguntan, eso no tiene nada que ver con la soledad. Aquélla es mucho más interna. Es fría, es pétrea, está llena de resquicios sin explorar. Pero nos reconforta de algún modo cuando nos damos cuenta de que permanece, como una plataforma atravesando el cielo de las biografías. Podemos afirmárnosla, como yo en este momento, y sin duda seguiremos rehuyendo su sombra y todo aquello que la sugiera. Ahora, con la tecnología, nos mentimos pensando que no estamos solos porque siempre estamos, de algún modo, conectados. Enterándonos de lo que le sucede a los demás sin tener que invertir tiempo de más en la búsqueda. Manifestando lo menos posible nuestro interés. Como si acercarse a una persona fuera algo automático y determinado, como si se despojara a todo encuentro de su componente voluntario. A mí, lo confieso, me ha gustado siempre. Desde pequeña, la comunicación –y sobre todo la comunicación escrita, más planificable y fácil de adornar que la comunicación oral- me ha fascinado e intrigado. Recuerdo mis ojos abiertos de incredulidad a los 9 años, cuando por primera vez desde una computadora escribí una línea y recibí respuesta, en un antiquísimo foro “latino” de chat llamado LatinChat, de interfase bastante rústica. Recuerdo mis pláticas por ICQ, el mensajero instantáneo de la florecita verde con el pétalo rojo y el clásico sonido “uh-oh” cada vez que llegaba un nuevo mensaje. Debo aceptar que, amante de la tecnología desde pequeña y teniendo acceso a ella casi desde que recuerdo, gran parte de mis relaciones se han visto afectadas por las tecnologías cibernéticas de la comunicación. Sobra decir que Messenger me acompañó durante toda la adolescencia y que aún puedo nombrar diez amigos de la época de la preparatoria con quienes compartí más “chateando” que hablando frente a frente. Para aquellos que éramos algo inseguros, el chat era una perfecta plataforma para estudiar, formular y luego mandar aquellos mensajes que no nos atrevíamos a emitir de forma más directa. Por otro lado y por el mismo, desde que descubrí los blogs a finales del 2003, expresarme a través de la pantalla se ha vuelto una especie de hábito, por no usar la controvertida palabra “adicción”. Zonalibre, Xanga, Blogspot. Y luego en el 2005, el hi5. El inicio del ciber-ligue. A veces, bromeo con mis amigos, diciendo “una historia tan antigua que se remonta al hi5”, refiriéndome a ciber-ligues que han persistido. Y luego myspace, del que tuve que formar parte nada más por no dejar. Y Facebook. Quién hubiera imaginado hace 6 años que el Facebook iba a afectar en nuestras vidas del modo en que lo hace ahora. Relaciones enteras que nacen a partir del Facebook. Divorcios por mensajes inapropiados en los “muros” de las personas. Fotos comprometedoras que despiertan, a través de la pantalla, al monstruo de los celos. Y toda una serie de nuevos gestos, de mímica a través de la pantalla. Subir una foto nueva. Compartir en tu perfil. Crearte una imagen. Esperar al modo en que los demás participantes cibernéticos la interpretan. La celebran o la ignoran. “Me gusta”. A 165 personas les gusta esto. O a ninguna. ¿Hay diferencia? Encontrar atractivo el modo en que alguna otra persona (del sexo opuesto, o del mismo) se presenta a través de esa página de internet que diseñó un geek veinteañero despechado. Poner un “me gusta; el modo más rápido y sencillo de demostrar interés a alguna otra persona. Picando un botón. Idea de genios. Escribir en el muro, mandar un “inbox”, saludar por el chat. El mundo al alcance de la mano, desde tu cuarto, desde tu pantalla.
No estoy diciendo que esté mal. A mí me encanta, y, a mi modo, le saco todo el jugo posible. Sólo recapitulo. Y ni hablar, también tengo tuiter, un blog en Blogger y, por si todo esto fuera poco, tumblr. Y stumbleupon, y 8tracks, y SoundCloud, y algunas otras con funciones más diversas que la socialización. A lo que voy es que me confieso una adicta a estas tecnologías. Eso jamás ha estado en duda. Pero no me olvido de mis primeras experiencias de LatinChat, “chateando” con personas aleatorias, inventándome diversísimas vidas inexistentes, donde tenía a veces dieciocho años, a veces veintiuno, a veces veinticinco. Era a veces estudiante, a veces escritora, incluso a veces aeromoza, cuando mi imaginación se agitaba más que de costumbre. No me olvido de que, a mis nueve años, me hice de dos o tres novios, seres anónimos del internet, que esperaban ansiosos nuestros encuentros cibernéticos o que le enviaban, a esa aeromoza ficticia de veintiún años “postales animadas” en esos cumpleaños que yo le asignaba en la fantasía. No me olvido de que, a través de la pantalla, sin poner la cara, es mucho más fácil la mentira. No me pasa desapercibido el hecho de que Facebook (y otras redes sociales) nos ayuda a crearnos un personaje que interactúa con otros muchos. De que las personas físicas estamos lejos, tras nuestras computadoras, y que estamos aquí porque lo hemos decidido así, porque hemos renunciado incluso a la proximidad, porque hemos elegido la comodidad antes que el esfuerzo en la búsqueda de contacto humano. No puedo sacarme de la cabeza la idea de que nos engañamos, de que nos creemos más acompañados cuando en realidad estamos cada vez más solos. De que nos dan atole con el dedo. Tienes 986 amigos. ¿Quién, alguna vez en la vida, ha tenido más de 5? Tienes 17 mensajes sin leer. A 32 personas les gusta tu estado. Diez personas han comentado tu foto. Como si eso significara algo. Pero sí, para completar el sistema tenemos que impregnar todos estos “gestos” de significados. Retroalimentarnos. Imaginarnos una contigüidad que, aunque simulada, es tranquilizadora. La magnificación de la dependencia, y su simultánea economía. La construcción virtual de una mentira. Sí, una mentira. Sin ser dramática, hay momentos en que, envuelta dentro de toda esta red de formas que hace treinta años hubieran sido impensables, me dan ganas de aseverar de pronto, mirando la ausencia de vida de mi pantalla: Sí. Estamos solos.
contempla la incendiaria sed del tiempo. José Emilio Pacheco (via citasycitas)
…del arte.
Nunca aprendí a tocar ningún instrumento, no dibujaré ni esculpiré jamás una obra estética; no tengo más arte que el que intento vanamente impregnar en mis palabras.
La otra copa del brindis - Mario Benedetti
Al principio ella fue una serena conflagración
un rostro que no fingía ni siquiera su belleza
unas manos que de a poco inventaban un lenguaje
una piel memorable y convicta
una mirada limpia sin traiciones
una voz que caldeaba la risa
unos labios nupciales
un brindis
es increíble pero a pesar de todo
él tuvo tiempo para decirse
qué sencillo y también
no importa que el futuro
sea una oscura maleza
la manera tan poco suntuaria
que escogieron sus mutuas tentaciones
fue un estupor alegre
sin culpa ni disculpa
él se sintió optimista
nutrido
renovado
tan lejos del sollozo y la nostalgia
tan cómodo en su sangre y en la de ella
tan vivo sobre el vértice de musgo
tan hallado en la espera
que después del amor salió a la noche
sin luna y no importaba
sin gente y no importaba
sin dios y no importaba
a desmontar la anécdota
a componer la euforia
a recoger su parte del botín
mas su mitad de amor
se negó a ser mitad
y de pronto él sintió
que sin ella sus brazos estaban tan vacíos
que sin ella sus ojos no tenían qué mirar
que sin ella su cuerpo de ningún modo era
la otra copa del brindis
y de nuevo se dijo
qué sencillo
pero ahora
lamentó que el futuro fuera oscura maleza
sólo entonces pensó en ella
eligiéndola
y sin dolor sin desesperaciones
sin angustia y sin miedo
dócilmente empezó
como otras noches
a necesitarla.
De pronto me ronda…
…ese pensamiento de que aquí andamos todos así, estrellándonos contra nuestros escudos emocionales, cambiándolos de posición para poder tener acercamientos sin bajarlos del todo y volviéndonos a estrellar. Rozando de vez en vez nuestras corazas, adivinando bajo ellas nuestras pieles y huyendo despavoridos, repelidos por el presentimiento del escudo que vuelve a levantarse, vuelve a chocar y se acomoda de un modo distinto, mientras que nosotros seguimos fingiendo que así son las relaciones, pretendiendo integridad…
de mis horas-. ¡Hastío!
Te ofrendo mi futuro Juan José Domenchina (via citasycitas)
(Source: brighterthanshine)